Saturday, August 11, 2012


MI ANCIANA MADRE SE SALVÓ DE MORIR

Walter Montañez Vargas

Mi madre, Concepción Vargas Menacho
 Mi señora madre, Concepción Vargas Menacho, de 81 años  estuvo a punto de morir por causa de un Infarto Cerebral. Recién puedo saber lo que es tener una angustia  profunda cuando un ser querido se encuentra en peligro mortal.  Gracias al apoyo de mi familia más cercana; los médicos, enfermeras y personal técnico del 5to.piso del  Hospital de Emergencia “José Casimiro Ulloa”  y  a Dios,  mi anciana madre se salvó de morir.  Lo sucedido con mi progenitora puede servir de lección a muchos para evitar un desenlace fatal en sus seres más queridos.


LA ODISEA EMPIEZA ASI.

Sábado 28 de julio

Mi  madre, a las 11.30 a.m. comenzó a perder equilibrio, quería desvanecerse, mi hijo Walter Antonio que estaba en casa lo socorrió e inmediatamente lo llevó de emergencia al hospital San José del 1er. Sector. El médico de turno, viendo el  cuadro crítico que presentaba mi madre por el infarto cerebral solamente le proporcionó una “pastillita”. No le dio los debidos primeros auxilios  básicos como corresponde.  Como me manifestó una vecina, él debió aplicarle  inmediatamente una inyección para atenuar la secuela generada por el infarto mientras se vea como hospitalizarlo.

La vecina tuvo a su mamá con el mismo  percance  de mi madre.   Pero el maldito  médico  no lo hizo así, solamente recomendó que lo lleven al hospital Mogrovejo (que esta en Lima), en vez de decirle que lo trasladen rápidamente al hospital María Auxiliadora, que es el más cercano, pues el tiempo estaba corriendo aceleradamente, mientras más uno demoraba podía ser fatal. El desgraciado del médico, hijo de puta, no le hizo mención   esa recomendación a mi hijo.

Mi hijo, regresó a casa para alistarse e ir al hospital Mogrovejo sin ningún apresuramiento. Me llamó por el celular. Yo estaba en Lima.  Teniendo la noticia emprendí raudamente a mi casa. Cuando llegué ya se encontraba  mi hermana Fanny, mi  sobrina  Carlita (así lo llamamos de cariño desde pequeña) y su esposo Abel. Mi mamá estaba en cama, se le veía con un rostro distinto, no podía hablar. Pensábamos que lo que había sufrido no tenia consecuencias fatales, que eso era una cosa simple, que le había dado “aire”. Para salir de las dudas, mi sobrina Carlita  llamó  a una  amiga que era Doctora. Ella le detalló los malestares que venía sufriendo su abuelita. La Doctora, le dijo que inmediatamente vayan al hospital de Mogrovejo, de lo contrario podía suceder algo fatal, pues el malestar de la abuelita se debe porque el  flujo sanguíneo en el cerebro se había obstruido, por lo que el oxigeno no llegaba como debe ser al cerebro.   Escuchando eso, mi familia inmediatamente salieron corriendo  a buscar un taxi.

Eran las 3 p.m., ya habían pasado 3 horas y media de lo sucedido con  mi viejita. Llegó el auto, ella salió caminando de la casa para embarcarse.  Llegaron al hospital Mogrovejo aproximadamente a las 4.30 p.m., para su sorpresa de mi familia, que le acompañaban a mi viejita (mi hijo Walter Antonio, mi hermana Fanny, mi sobrina Carlita  y su esposo Abel), los doctores de ese nosocomio, otros malditos, a pesar del estado dramático  en que se encontraba mi madre,  le negaron internarla, adujeron “que no presentaba un cuadro crítico como para internarlo, además no había cama”. Por la insensibilidad del desgraciado  médico  mi madre ya estaba perdiendo la vida, las secuelas del infarto conforme pasaban los minutos se iba recrudeciendo. Estos médicos de mierda le recomendaron a mi familia  ir al hospital de emergencia “Casimiro Ulloa. Viendo todo esto podemos decir, que en el Perú la vida de los pobres es de tercer orden. A los gobiernos de turno solamente les interesa velar la tranquilidad y bienestar de los pudientes. Al otro, lo deja en manos de Dios, que él se encargue de salvarlos, si quiere.

 La desesperación cundió en mi familia. No sabían que hacer. El tiempo corría inexorablemente con destino a un desenlace fatal. A mi hijo se le ocurrió llevarla a una  clínica particular, que estaba cerca al hospital Mogrovejo,  allí le rechazaron porque no se podía pagar los altos costos del tratamiento.  Nos dijo, en otras palabras,  fuchela, fuchela, a otro lado con su bulto, aquí solamente se habla de negocios. A mi familia no le quedó otra alternativa de ir al Hospital “José Casimiro Ulloa” que se encontraba en Miraflores. La distancia era larga y se corría con el riesgo de que mi madre en el trayecto  pudiera fallecer. Emprendieron el viaje a la de Dios.

Llegaron  a las 10 p.m. En el hospital “José Casimiro Ulloa”, en un principio, el personal administrativo le negó  internarlo a mi madre, le dijeron que no había cama. Mi sobrina Carla  por la desesperación gritó,  se alteró,   perdió la serenidad. Parece que eso surtió efecto, pues uno de los doctores se sensibilizó del drama y accedió a que lo internaran. En ese momento mi mamá se desvaneció, su cuerpo estaba flácido, parecía que se nos iba, tenía la mirada perdida.  La desesperación cundió en la familia.  Las horas que habían transcurridos habían sido fatales para su organismo. Para el internamiento en el hospital le cobraron a mi familia  S/.300.00 a pesar que mi madre tenía el SIS (Seguro Integral de Salud). Ellos adujeron “que en este hospital el SIS de mi mamá no funcionaba”. Sin embargo, luego, parece que el personal administrativo entró en razón y activó el SIS de mi madre, por ello no nos cobraron  por el tratamiento de los 8 días que estuvo internada en el hospital.  

A mi madre lo internaron en el quinto piso, cama 514. Le pusieron sondas para proporcionarle la medicina y sus alimentos. La familia se retiró del hospital después de un agotador trajinar y llegaron a mi casa a las 3 a.m. compungidos. Yo me había quedado cuidando a mi anciano padre que está con todos los achaques encima.

Domingo 29 Julio
La noche anterior no pude dormir, las imágenes de mi madre se me venia constantemente a la mente, comencé a deprimirme y  angustiarme. Tenia la mirada fija, había perdido reflejo mental. A pesar de eso, como sea,  hice el envio del texto que había preparado días antes: “CUAVES: EL APRA LE GANÓ A LA IZQUIERDA Y AL PROGRESISMO”.

El domingo en la mañana, mi hijo, Walter Antonio, comenzó a repartirnos tareas en la familia, mi hermana Fanny se encargaría  de cocinar y cuidar a mi anciano padre, mi persona tenía que ir todos los días al hospital para comprar los remedios y velar por la salud de mi madre. Walter Antonio iba ser quien proporcionaría el dinero para comprar las medicinas que faltara. Terminado el reparto de las  tareas, con mi hijo salimos de la casa a las 10 a.m. rumbo al hospital, tomamos un taxi para llegar lo más pronto posible. Llegamos a las 11 a.m. Lo primero que hizo mi hijo es ir a la ventanilla a recoger la receta de la internada (mi mamá), compramos la medicina ( no todo lo cubría el SIS), y él  fue el primero en entrar al hospital llevando los medicamentos.  A mí,  el vigilante me detuvo, solamente podía entrar en ese momento una persona. A la hora, Walter Antonio  me dio el encuentro, le veía con el rostro descompuesto, caminamos cuadras y cuadras (no lo hacíamos desde hace muchos años atrás juntos) conversando sobre la salud de la mamita,  y él de un momento a otro me dice padre, si tienes que decirle algo a la mamita dilo ahora”. Esa palabra me sonó que mi viejita se me iba ir  para siempre. En ese momento lloré como un niño,  mi hijo me abrazó y me consoló. Luego, le dije que debemos de ser positivo, mi viejita va vivir ( le  repetí tres veces).

Llegó la hora de la visita (era de 2 a 4 p.m.).  Ahí recién pude entrar. Subimos al quinto piso, cama 514. Llegamos allí, Walter Antonio fue el primero en entrar a la sala donde se encontraba mi mamá. Yo le vi de lejos a mi madre, estaba postrada, no me atreví acudir donde ella, pues mi hijo me había hecho la advertencia que no llorara delante de ella porque eso le podía deprimir. Dos veces intenté entrar a la sala y dos veces salí de ella corriendo,  ya que el llanto me ganaba. Después de calmarme entré, le vi directamente, estaba semiinconsciente, me miró con mucha dificultad y  se le cayeron las lagrimas. En ese momento, me contuve de soltarme en llanto. Le hable al oído, le dije que le quería muchísimo y que tenía que seguir viviendo y ver a  su nieto Walter Antonio casarse.  Le mencioné también que mi papá esta bien y que por fin ya hizo sus deposiciones para que le hagan el análisis de heces (mi viejo sufre de estreñimiento agudo, por causa de ello, dos veces se postergó la cita en el  Seguro Social). Ella solamente escuchaba, no  hablaba por la secuela del Infarto Cerebral. Únicamente  podía mover apenas uno de  los dedos  de la mano izquierda, el resto del cuerpo estaba paralizado. Yo estaba consternado. Saliendo de la sala, dado que la hora de la visita había terminado, me solté de nuevo en llanto.

 Salimos del hospital y nos fuimos a casa, tomamos el micro, los dos nos sentamos en un mismo asiento, en el trayecto apenas intercambiamos unas cuantas palabras, estábamos demasiado apesadumbrados. Llegamos a la casa, ahí se encontraba mi anciano padre con mi hermana. Me preguntó por su señora, no le dije el cuadro crítico con que se encontraba mi madre. Le mentí,  para que mi viejo no se ponga triste. Le dije que está bien y que pronto va salir. Esa noche no pude dormir, si lo hice,  fue apenas tres horas, me pasé la noche  pensando en ella, y de vez en cuando, se me caían las lágrimas.

Lunes 30 julio

Amaneció el día, estaba ojeroso. Mi hijo se alistaba para salir a trabajar, mi anciano padre  seguía durmiendo. Yo, como habíamos acordado con mi hijo, tenía que ver por mi mamá. Tenía que dejar de trabajar, como mi trabajo es independiente, no había problema. A las 10 a.m. llegó mi hermana Fanny, ella vive en la tablada de Lurín, Villa María del Triunfo,  para quedarse a cuidar a mi viejo. Ni bien llegó mi hermana salí de casa rumbo a ver a mi madre. Llegué al hospital a las 11.30 a.m., me acerqué con miedo a la ventanilla para recabar la receta. Pensaba que me iban a decir que no hay receta porque tu mamá falleció anoche. Felizmente no fue así, me alcanzaron la receta. Con ella me volvió la calma. Compré los medicamentos y entré al hospital para entregarle a la enfermera encargada. Aproveché que estaba dentro del hospital para ver un ratito a mi madre. Le vi de lejos. Estaba prohibido quedarme junto a ella, pues no era la hora de visita.

Llegó la hora de visita, subí raudamente a ver a mi progenitora, estaba calmado. Le vi con una levísima mejoría con respecto al día anterior, eso me dio alegría. Luego, llegó mi hijo Walter Antonio y mi sobrina Carlita. La visita de mi hijo era breve, pues estaba en hora de trabajo.  Mi sobrina  se acercó donde su abuelita y le comenzó a limpiar sus labios, por la sequedad se le había formado un sedimento. A las 3.30 p. m. pasó la enfermera por la sala y nos comunicó que era la hora del “Reporte Médico”. Allí, el doctor nos informaba el diagnóstico de la enfermedad del paciente y su evolución. El doctor me dijo que mi madre había sufrido un infarto cerebral porque la presión arterial le había subido como consecuencia de una neumonía. Le pregunté al médico: mi madre, ¿Se va salvar? Él me contestó “que por su edad, no le puedo decir sí, su situación es muy delicada”. Con esa respuesta  el Dr. puso en duda la recuperación de mi mamá. La pequeña alegría que tenía anteriormente  se me desvaneció. Me entró de nuevo la preocupación.

A las 4 p.m. el vigilante nos invitó a salir, la hora de la visita había terminado. Llegué a mi casa a las 5.30 p.m.,  mi hermana se estaba alistando para salir a su domicilio. Nos relevamos en el cuidado de mi anciano padre. Mi hijo llegó a las 8 p.m., le informé sobre lo que el médico me manifestó sobre la situación de su abuelita.  En la noche no tenía ganas de hacer nada, estaba ensimismado. Entraba a internet, pero no me podía concentrar  en la lectura. El Facebook, donde escribía casi todos los días,  se puede decir,  lo postergué hasta nuevo aviso.

Martes 31 de julio

La rutina fue la misma del día anterior, siempre estaba con zozobra cuando llegaba a la ventanilla para recabar la receta. Luego, llegué  al lecho de mi madre, lo vi dormida, me acerqué, le di un beso en la frente y ella se despertó y suspiró. Le hablé al oído de cosas bonitas, le hacia recordar los hechos gratos  sucedidos en casa. Las “chapas” que tenia ella, mi hijo le llamaba “La Bolita”  (por lo  gordita que era), mi hija Verónica le decía “La Bebe”. A propósito, mi hija no fue a visitarla porque se encontraba con una fuerte gripe, temíamos que lo contagiara. Yo le llamaba, a mi mamá, de vez en cuando, “mi viejita". 

A eso de las 3 p.m. llegó mi  hermana Hortensia (hermana por parte de papá), preocupada por ella, llegó con su uniforme de trabajo. Ella, a pesar que no es su mamá,  lo trata como si lo fuera. Mi hermana recibió llamadas de su esposo Abraham y de mi sobrina Damaris (que está en España). El celular lo puso en la oreja de mi viejita para que escuchara los saludos. Seguro que eso le habrá alegrado a mi madre.  Al poco rato llegó mi cuñado Alberto, esposo de mi hermana Fanny. Me dejó S/. 50 soles como un gesto de solidaridad para los gastos de madre. ¡Gracias cuñado! 

Después de la visita a mi madre llego a mi casa. A  eso de las 8 p.m. sonó el teléfono. Cada vez que timbraba el teléfono por las  noches se me escarapelaba el cuerpo, pues temía que me podían comunicar una noticia fatal del hospital. Justo la llamada era del hospital, en ese momento se me hizo un nudo en la garganta, pensé  que le llegó la hora a mi vieja. Contesté tembloroso el fono. La operadora me comunicó “que  me acercara urgentemente al hospital”. Cuando me dijo eso me puse muy  nervioso. Luego,  continuó diciendo:   tiene que firmar el examen Tomográfico que se le va hacer al paciente”. Esa palabra hizo que volviera en si. 

Después de la llamada  fui raudamente al hospital, en ella me alcanzaron una hoja para firmarlo, pero previamente tenia que responder (marcar con aspa) algunas preguntas para que le hagan el examen Tomográfico. El examen era especial, pues se iba usar una sustancia  llamado “Contraste  Iodado”.   Sobre esto, le pregunté a la enfermera de turno. Ella, por la tareas que estaba haciendo, me explicó a groso modo       (por no decir al paso). A la enfermera le dije si el documento firmado podría  traerlo  mañana, quería consultar con mi familia. Ella accedió. Estando en casa le alcance el documento a mi hijo, él indagó por Internet.  En el indicaba que el examen tomográfico con el “Contraste Iodado” podía ser fatal, de lo contrario  podría traer secuelas funestas. En un principio mi hijo me dijo que no firmara, no podíamos arriesgar la vida de la mamita y que debía buscarse otras alternativas.



Miércoles 1 de agosto
Enterado de lo fatal que podía ser la  nueva tomografía a tomarla, anteriormente se hizo pero sin la  sustancia iodizada, me deprimí aún más. La lectura anterior de libros de automotivación de nada me sirvió.  Llegué al hospital, pasé por la ventanilla a recoger la receta y comprar los medicamentos, luego subí al quinto piso. Justo antes de llegar a la mesa de atención de ese piso me di cuenta que no tenía mi libro  en la mano, en ella estaba el documento que me solicitaban. El libro, por la preocupación,  lo había olvidado  en la combi que me había traslado al hospital. A la enfermera le solicité de nuevo el mencionado documento, no me alcanzaron inmediatamente, me pusieron peros. Felizmente una señorita que cumplía su internado en medicina en el hospital me ayudó en conseguirlo.

Teniendo el documento, antes de firmarlo,  le solicité  más información a la enfermera de turno.  En ese momento llegó mi sobrina Carlita, ella también intervino para reforzar mi pedido, pues no podía así nomas arriesgarse una vida. Ante nuestra insistencia, la técnica (auxiliares en enfermería) Melba,  una morena alta,  se alteró, nos alzó la voz, no tuvo la paciencia en explicarnos, pues, según ella, no tenía tiempo. Mi sobrina no se quedó atrás y le puso en su sitio (dentro de mí apoyé la reacción de mi sobrina). Después me pedí “disculpas” con la
enfermera por la actuación de mi sobrina, pues de repente ella, en represalia,  podría tratarle mal a madre.

Después del incidente, seguíamos en la incertidumbre,  no sabíamos que hacer, firmarlo o no.  Más luego, se nos acercó una señorita, Rosario Cárdenas, que cumplía su internado de medicina en el hospital. Ella nos explicó detalladamente, con mucha paciencia, los pro y contra de la Tomografía con la sustancia “Contraste  Iodados”. Nos dijo “que una consecuencia fatal es mínima,  y que con ese  examen se podría hacer mejor el diagnostico  y así acelerar la recuperación del paciente. Esa explicación nos dio confianza, ello nos permitió firmarlo. ¡Gracias, por la atención Srta.  Cárdenas, Ud. Seguro que  va ser una doctora muy humanitaria!  Luego, la enfermera Carmen Cisneros, entre otras, del hospital, quien es muy abnegada y paciente en su labor, me comunicó  que esta misma noche le iban hacer dicho examen  Tomográfico. Esa noche era determinante, bien mi madre se salvaba o nos dejaba para siempre.

Jueves 2 de agosto
Ese día amanecí muy nervioso, ojeroso. Haciendo la misma rutina llegué al hospital como todos los días. Esta vez era un día especial, pues, como manifesté, el nuevo examen Tomográfico podía ser fatal para mi madre, o no.  Estando en el quinto piso, me acerqué tembloroso a la enfermera para preguntarle sobre resultado del examen. Ella me manifestó que mi madre pasó  la prueba  y que no hay ninguna complicación. La respuesta   me volvió el aliento y di un suspiro profundo, me dije a mi mismo ¡Ye, mi madre esta viva, esta viva! Inmediatamente, llamé a mis familiares sobre el acontecimiento, que la mamita había pasado el examen
sin ningún percance. Dentro de mí había una gran  alegría.

Pasé a la sala donde se encontraba  mi progenitora. Entré con una sonrisa a flor de piel. Le  di su acostumbrado besito en la frente. Y le  manifesté  la buena noticia, que había pasado el examen sin ninguna novedad. Ella me contestó con gemidos: “Ah, ah, ah…” (Dando su aprobación). Mi madre  no podía hablar.

Viernes 3 de agosto
Esa noche dormí como nunca, me encontraba  más tranquilo, pues estaba seguro que mi madre ya no se nos iba ir de nuestro lado. Llegué al hospital. Hice lo de costumbre. En la hora de la visita llegaron mis  sobrinas: Yesenia, Jaqueline  y Carla, y  mi  prima Bertha con su cuñada  que traía el mensaje de Ernesto, hijo de Benedicta Menacho (sobrina de mi madre).

Sábado 4  de agosto
Mi onomástico. Como pasan los años, un año más de vida, que es pasajera y fugaz. Con todas las vicisitudes que he tenido a lo largo de mi existencia doy gracias por estar todavía con vida en compañía de mis seres más queridos. Volviendo a lo de mi madre, que es el personaje principal. Salí, como de costumbre de la casa,  ahora ya más tranquilo, mi mente estaba despejada. Una manera de demostrarlo es que empecé la noche anterior  a escribir algo  por  Facebook, al cual, anteriormente, lo hacia casi a diario. Llegué al hospital, me acerqué a la ventanilla para recabar la receta, el encargado me manifestó que  no había  receta, eso no me alarmó, me dije interiormente,  seguro que la enfermera del 5to piso no llevó la receta a la ventanilla.  Bueno, fui  al encuentro de mi madre.

A las 3.30  p.m., como todos los días, pasé a la sala “reporte médico”. Me atendió, el Dr. Edmundo López Velázquez, como siempre,  muy amable y con una paciencia que muy pocos médicos lo poseen, me manifestó que mi madre estaba de alta, que ya se encontraba aliviada y podía irse a casa.  Debo decir, las veces que iba a la sala de “reporte médico”, el Dr. no se irritaba , como otros, cuando le hacia preguntas y repreguntas  sobre la salud de mi madre. ¡Gracias Doctor López!, si los  médicos del Perú fueran como usted, seguro que la atención en los hospitales se humanizaría. 

Para hacerle presente que a mi madre le dieron de alta llamé  inmediatamente a mi casa, a eso de las 4 p.m., con el fin de que vengan a ayudarme. Mi hijo me contestó que inmediatamente se iba a trasladar allí, además,  me comunicó, para mi total sorpresa, que toda la familia estaban reunidos. Me dije a mi mismo, “no creo que estén presentes por  mi santo. Porque nunca acostumbro a festejarlo”. Entonces, ¿Quién los convocó a toda mi familia para que estén presentes justo el día en que a mi madre le dan de alta en el hospital?  ¡Qué extraño!  Bueno, dejemos a un lado el “misterio”. La familia, ese día,  enterada de la venida de la mamita, inmediatamente acordaron hacer un cuarto especial para su recuperación. La sala de la casa lo dividieron con triplay. Todos pusieron la mano en la tarea.

A las 6 p.m. salió mi madre del hospital “José Casimiro Ulloa”. Antes de ello me despedí del personal, que se encontraban, en ese momento, en el 5to piso, que atendió a mi señora madre. Un hospital, si lo comparamos con otros, en términos generales, es superior  a los demás. Lo que me llamó más la atención, en ese nosocomio, es la limpieza y la dedicación (amor)  en el trabajo del personal médico, salvo algunas excepciones; además, las  cosas que dejaba para la higiene de mi madre ( Frasco de Listerine, frasco  de Champú, frasco de alcohol, pañales descartables, etc) no se perdían.  Volviendo a lo de mi madre. Lo sacamos con mucho esfuerzo, pues ella no podía todavía contenerse de pie. Tomamos un taxi y nos fuimos a casa. Nos recibió la familia alborozada,  estaban: Mi hermana Fanny y Hortensia; mi cuñado Alberto y Abraham; mis sobrinos: Carla,  Jaqueline, Yesenía, Edson, Betsabe; los esposos de mis sobrinas: Abel, Daniel, y mi primito Danilo y mis otros primitos (hijos de mi sobrina Ibet).  Lo sacamos del taxi con mucha dificultad, y lo llevamos a su nuevo dormitorio. En ella, todos los presentes tomaron la palabra dándole la bienvenida. Mi madre, postrada,  solamente miraba. Quien habló primero  fue mi cuñado Abraham, a quien se le cayeron las lágrimas al ver la situación de mi madre. Él le dio aliento para su pronta recuperación.  Y por ser mi  cumpleaños  me cantaron mi Japi Verdi. Mi hermana Hortensia me compró una torta. ¡Gracias hermana!

Regresando al “misterio”.  Realmente, lo que sucedió ese día es inexplicable, reciben a mi viejita toda la familia sin saber que ese día iba llegar a casa. Después, justo el día de mi cumpleaños el hospital le da de alta a mi madre. Eso para mí fue el mejor regalo de mi vida. Luego, todita mi familia, algo que nunca ha pasado,  me cantan el  Japi Verdi.  Lo sucedido  ¿será cosas del  destino?  ¿Será cosa de Dios? ¿Qué será?  Yo creo en Dios, pero, con el respeto de los demás,  creo en un Dios tangible que emite energías, el Universo, la madre naturaleza. Lo que importa es la Fe. Bien  dice una máxima “La fe mueve montañas”.

Finalmente, mi anciana madre, en este momento, sábado 11 de agosto, después de una semana de haber salido del hospital “José Casimiro Ulloa”,  continúa con su tratamiento en el hospital de Solidaridad de Villa El Salvador. Ella todavía se encuentra postrada en cama, alimentándose y recibiendo su medicamento mediante sonda. La mejoría es apenas  un  5 % 
más de lo que salió del hospital. Me dicen que el proceso para su
recuperación es largo. Y que al final siempre va quedar alguna secuela. Espero que no.

Termino diciendo
Casi la mayoría  del personal médico (médicos, enfermeras y técnicas de enfermería) de los diferentes centros hospitalarios son  insensibles ante el drama humano. No les interesa la vida de las personas. No puede ser posible, aduciendo que no hay cama, no le hayan socorrido inmediatamente  a mi anciana madre  a pesar que se encontraba en una situación deplorable. Pueda ser que, en ese momento, no hubiera cama, entonces,  el hospital debería de buscar una solución y no dejar a su suerte a las personas que acuden internarse con urgencia a un nosocomio, pues su vida está en riesgo.                                                   

El personal médico, debería indagar en que hospital hay una cama (eso es fácil de hacerlo a través de los medios informáticos)  y trasladar al paciente inmediatamente  en una ambulancia. Se que, esto,  en nuestro país es como pedir
“peras al olmo”. Lo mencionado anteriormente, solamente  se puede dar en una sociedad solidaría, donde la vida y el bienestar del ser humano está en primer orden. Mientras tanto, tendremos que seguir sufriendo la indolencia y el maltrato  tanto del gobierno central, que le interesa un bledo aumentar el presupuesto del sector salud, como del personal médico que no tiene amor a su profesión.





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